Desde las trincheras, desde las barricadas de un vertedero
pestilente, Jon había declarado la guerra al mundo. ¡Guerra, te declaro la
guerra!, gritó, con una botella de whiskie en la mano, a la vez que
trastabillaba y caía sobre un tropel de botellas de plástico vacías, en una
suerte de claqué a cámara lenta del que tardaría en salir. Salió, no obstante, apoyándose
en una lavadora oxidada y sin tapa, con un insulto aflorando de su boca
¡Necios! mientras se alzaba a una altura superior, a una suerte de cúspide o
cima entre la mierda. ¿Qué hacía allí? No lo sabía: no sabía cómo había acabado
en tal infecto albañal. Ni siquiera de dónde había sacado el whiskie que
sostenía en la mano izquierda. El mero devenir de la melopea, tal vez, pensó,
empiezas aquí, acabas allá, te agencias botellas, vasos de plástico, fluyes por
ambientes distorsionados, transitas amnesias, vomitas, meas, escupes, en fin...
No… Jon no recordaba exactamente, ni siquiera aproximadamente, cómo había
transcurrido todo desde el momento en que, al salir de casa, tras doblar la
esquina, se había contradicho y había sucumbido a la tentación, de buena
mañana, adentrándose en aquel primer bar fatal...
Así había sido, en efecto. No obstante, nada más lejos de
las primeras intenciones de Jon, se diría ahora, nada más distinto y contrario a
la disposición de aquel Jon sobrio que había salido de su casa por la mañana,
ilusionado y risueño, dispuesto a comprar un libro sobre mariposas (mariposas
¿por qué no? se había dicho) con las mejores intenciones, todo decisión. Sí: un
libro sobre mariposas, en efecto, tal era el propósito original de Jon, el leit
motiv para su nuevo día, la excusa para seguir viviendo, pero en vez de comprar
en el quiosco habitual tal libro sobre mariposas ¡a todo color! en vez de eso
nada más doblar la esquina Jon había sentido sed y se había adentrado en aquel
bar lúgubre, mal iluminado, minoritario. En fin, tenía sed, no es nada
reprochable, nada por lo que uno pueda ser arrastrado ante los tribunales
acusado de lesa humanidad. No. No obstante Jon también sabía del deseo
acuciante e imperativo que una vez que empezaba a beber le empujaba a no parar,
a proseguir hasta el paroxismo, hasta el derrumbe etílico ¿no era así una y
otra vez? Sí. Pero esta vez no será el caso, se había dicho Jon, ecuánime,
comedido, instalándose pausado en un taburete frente a la barra, con cara de
profesional, no, esta vez no me dejaré llevar hasta la aberración, hasta el
descontrol, esta vez con una caña de cerveza fresquita bastará. Una y nada más.
La vieja en delantal le había servido la caña, chapurreando
a medias el éxito comercial que sonaba
por la radio mal sintonizada “tú… tú serás mi beibi… sólo tú mi beibi… beibi de
mi amor…” Jon había deglutido la caña en
cuatro tragos espaciados y se había sentido bien, a gusto consigo mismo,
reconfortado en su fuero interno, en una suerte de tibieza laxa. Pero puedo
sentirme mejor, había aventurado a lo poco, optimista, especulando con su
fisiología. Fue entonces que pidió la segunda (no pasará nada, se dijo) de
perdidos al rio y a las bravas.
A partir de ese momento ya no recordaba nada más. Ni siquiera
como había salido de aquel bar ¿por su propio pie? ¿escoltado por la policía? ¿a
lomos de un poni? No, no recordaba nada de manera nítida, constataba ahora,
mientras miraba sin ver las basuras a su alrededor, aglomeraciones de detritos,
montoneras de residuos, ríos de mierda, frente al sol anaranjado. Nada. No
recordaba nada de manera cabal. A lo sumo cuatro o cinco flashes de talante
onírico, empapados de duda, de irrealidad, de extrañeza ¿un tuerto con un
parche en el ojo pasándole una petaca de ron? ¿un vejete en silla de ruedas cantando
saetas y fandangos? ¿una mulata en tanga y batín diciéndole guarradas al oído? ¿un
autobús vacío de ocupantes llevándolo “a cualquier lao”, alejándolo de toda
latitud conocida? ¿un gitano, o era más bien un niño pálido y pelirrojo, en un
solar, cambiándole el reloj por la botella de whiskie? En fin, tanto podría ser
esto como cualquier otra cosa, por delirante que aparezca ante los ojos del
entendimiento, la realidad siempre supera a la ficción...
Pero bien, en cualquier caso lo que cuenta es el aquí y el
ahora, se decía ahora Jon. Y también: “agua pasada no mueve molino”. Y también “a
lo hecho pecho” (¿pero qué es lo que he hecho si no recuerdo apenas nada? se preguntaba
Jon) Etcétera. O sea que ahora Jon, tras haber despertado a la consciencia, sobresaltado
y furibundo en una ubicación insólita (¡declarando la guerra al mundo! qué
menos) ahora Jon ¿qué es lo que iba a hacer?... o sea ¿qué es lo que voy a hacer
ahora? se preguntó Jon por un momento, vigía en la basura, paladeando cada
sílaba con delectación de logopeda. ¿Qué-es-lo-que-voy-a-hacer-ahora? se insistió.
Se respondió al instante: proceder. Tan sencillo y tan fácil como proceder. Tal
era la respuesta. Proceder. Porque ¿no le hemos declarado la guerra al mundo? se
preguntó Jon. Sí, se respondió. Pues nada, ahora sin titubear ni vacilar, todo
determinación y arrojo, llevaremos tal guerra a cabo, cueste lo que cueste,
hasta sus últimas consecuencias…
Esto era lo que pensaba Jon, un tanto lacónico y naíf tras
litros y litros de alcohol de todos los calibres. Luego, no obstante, decidió
no pensar, sino más bien otear el horizonte, desde su mirador privilegiado, los
cuatro puntos cardinales, abandonarse a la visión, hacerse una idea. Recapacitó,
puso orden en su cartografía mental, a ver: al este un descampado, al sur una
montaña, al oeste basuras y más basuras ¡un océano de inmundicias sin fin!...
Sólo hacia el norte parecía ser verosímil la posibilidad de vida civilizada, o
si no ¿de qué todos esos bloques de edificios en la lejanía? ¿ese campanario de
iglesia sobresaliendo tímido por encima de una casa unifamiliar? O ¿esas
antenas parabólicas recortadas contra el horizonte? ¿ese tendido eléctrico
dando fe del uso y abuso de energía? ¿eh? Sí, por ahí, por el Norte era por
donde había que empezar la guerra. Guerra Total, pensó por un momento Jon.
Luego se acabó en dos tragos largos todo el whiskie que quedaba en la botella y
la lanzó hacia el oeste, hacia una definitiva indiferenciación entre los
desperdicios y deshechos de toda índole que colmaban el muladar al que no sabía
cómo había llegado ¿por arte de magia? pensó, o ¿soy víctima de un
encantamiento? ¿tiene esto algún sentido?
En fin, dio sus primeros pasos hacia la salvación. Saltó y
avanzó entre botellas y envases y cacharros oxidados y latas estrujadas hasta
salir del vertedero. Una vez fuera se sacudió de los faldones de su camisa y de
sus pies hojas de diario arrugadas y latas de mejillones y espárragos y sardinas.
Unos pasos más en tierra firme y, ya fuera de la basura (y cómo he sido tan
tonto de adentrarme tanto, pensó Jon) Jon se atusó el pelo, con los dedos
mojados de saliva. Se lo recompuso, en cuatro acometidas ponderadas. Ya está. No
obstante Jon ignoraba el resultado final, a efectos estéticos. Si tuviese un
espejito sabría si estoy bien peinado o no, pensó. Pero no lo tenía. En fin,
en cualquier caso tampoco es nada importante ir bien peinado o no a una guerra,
concluyó Jon, pragmático. No, en una guerra lo que cuenta es el coraje, no el
estilismo. El valor, no las pintas. La estrategia, no la vanidad. Conque, muy satisfecho
de haber llegado a tales conclusiones, Jon empezó a caminar hacia el Norte, un
paso detrás del otro, sin desfallecer ¡hasta la victoria final!...
No hay comentarios:
Publicar un comentario