Parecería
que el mundo (esa basta entidad macabra) había cerrado las puertas. Y que la
imaginación (sudorosa, exhausta) había clausurado ventanas y salidas de
emergencia. Y que la luz (esa entelequia de los ojos hambrientos, ese
ingrediente fundamental de cualquier manjar o manejo intelectivo) se había
suicidado, insatisfecha, enrocándose en una oscuridad vacía, infructuosa,
final. Parecería… Parecería que el cataclismo solipsista había sobrevenido al
fin, devastando estructuras y neuronas y cerebros, sumiéndolo todo en una
implosión autodestructiva, en un efervescente apocalipsis íntimo, deprimente,
pésimo, porque Ernesto Juárez Guix –el proyecto de escritor emergente, el
promisorio delineador de universos paralelos- ya sólo pensaba y balbucía barbaridades
entrecortadas, blasfemias inconexas, malsonantes (¿coprolalia?) a escupitajos
mentales, a borbotones de conciencia iracunda, en su pequeño apartamento
destartalado a las afueras, dando vueltas en círculo “por encima de todas las
cosas” (diría él) como un maniaco obsesivo o un sonámbulo fantasma, sorteando
en zigzags acelerados muebles y ropa despareja por el suelo, apretándose con
las manos la cabeza, la frente, los oídos, las sienes, mirando con odio
rencoroso el papel en blanco, en el escritorio, sin ninguna palabra, sin ni
siquiera un esquema o un dibujo; el papel en blanco sobre el que reposaba la
pluma descapuchada que ahora mismo Ernesto nada más que quisiera clavársela en
los ojos, tal vez ¿o metérmela por el culo? No, lo primero.
Porque el encargo para el viernes no avanzaba de ningún modo, el artículo de tres páginas “sobre el fracaso” (cualquier cosa, cualquier disquisición visceral contra todo, cualquier improvisación fantástico-depresiva sobrevolando el mundo, le había dicho Gloria, la filántropa del suplemento cultural, la cazatalentos dando espacio a “nuevas voces”, la benefactora indirecta de los bohemios suicidas) no, no avanzaba, ni una palabra, ni un planteamiento o leit motiv inspirador que diera pie a un discurso exuberante (negativo en su contenido, gracioso en su forma, tal solía ser la manera recurrente de operar de Ernesto) ni un arranque clarividente desde el que desparramarse en excursos y filigranas poéticas o narrativas, en ramificaciones y torbellinos frenéticos, polisémicos, en fuegos de artificio iluminando la noche eterna de los mortales, sus estúpidos deseos de ser Dios...
No, nada, no salía nada coherente de la cabeza maltratada de Ernesto, nada que quisiese trasladar al papel o a la pantalla del ordenador, nada que resistiese un mínimo análisis severo, todo moría antes siquiera de haber nacido, descuartizado en una suerte de “para qué” o de “tampoco” preliminar que evitaba todo el asco de cualquier concreción anímica.
No obstante lo sé todo sobre el fracaso, pensaba Ernesto, en una mueca paradójica, fumando compulsivamente toda su esterilidad manifiesta, un cigarrillo tras otro, navegando la niebla tupida en que se había convertido su apartamento destartalado a las afueras (digno de un vagabundo desidioso, de un yonqui estupefacto, de un tullido sin extremidades, sin cabeza, sin cerebro, pensaba Ernesto por momentos, en un lento goteo de imágenes, de metáforas) atravesando el aire enrarecido de su vida interior mastodóntica, el recorrido sobreactuado de su monstruosidad lacónica, de un lado para otro (por encima de todas las cosas) sin parar, soliviantado, nervioso, asmático, como un recluso en una prisión alucinante.
Porque, por mucho que hayas escrito previamente, nada te garantiza la siguiente frase, musitaba para sí nuestro Ernesto de marras (varón, 1,80 cm, 85 kg) sotto voce, al ritmo de sus pasos obcecados, en un monólogo interior irregular, en una suerte de fluir arrastrado de alcantarillas, mientras miraba sin ver los ceniceros supurantes (tres, cuatro, cinco) los libros apelotonados en asimetrías equilibristas, unos encima de otros, en montones desganados y precarios, sobre la mesa, sobre los muebles, por el suelo, las facturas enganchadas con chinchetas de colores al panel de corcho, en la pared del fondo, al lado de dibujos enigmáticos que Ernesto se distraía en plasmar de vez en cuando, a modo de obscenidad abstracta, de captura de “lo huidizo primordial”(diría él)… Pero no, Ernesto no veía nada, no prestaba atención a ninguna cosa, todo lo que le rodeaba ahora no era más que una prolongación exponencial de su alma vanguardista, un asomarse estresante a la maquinaria saturada de su propio desaliento ¿¿??…
Así que –qué hacer- Ernesto acabó por salir al balcón, cigarrillo en ristre, a respirar el aire gélido de la madrugada, a relajar los ánimos sobresaltados, a tratar de cambiar la claustrofobia del desorden doméstico por una desconexión etérea, frente a la noche, el invierno, el rechinar del cosmos incomprensible, el chorrear de las estrellas turbias, pensó. Gustando del frío, así, apoyado en la baranda del balcón de su tercer piso, inclinado sobre el vértigo, Ernesto se encendió el enésimo cigarro de la jornada, en un gesto característico, tras lo que empezó de manera gradual a deslizar su mirada voraz por el paisaje de paralelepípedos en sombra, las hileras de farolas amarillas, los tejados de uralita de los barrios distantes, el ocasional humo de una chimenea huérfana. Arriba, en mitad del cielo gris, incrustada como un botón en mantequilla, una luna creciente saludaba o maldecía a todos los insomnes y noctámbulos del mundo (04:30 a.m., 7 º centígrados) Abajo, en el suelo, el pavimento desgastado estaba totalmente vacío de acciones y transeúntes y mamíferos (ni siquiera gatos) abandonado a su suerte mineral, su soledad de cemento, su inane solidez pisoteada...
“Y yo, entre las cloacas y la luna, antihéroe vocacional, ubicado en el margen sociópata de todo, arrojado a mi desesperación geométrica, mis tormentos hedonistas, mi renuncia hipersensible, mi sequedad creativa… yo: dogmático en mi escepticismo, desembocar plausible de la sinfonía del espejo, cacho de carne cruda, pedazo de mierda artística… yo… yo no logro encontrar el hilo… ningún hilo… ni el más mínimo hilo… ni el menor atisbo de hilo para desentrañar desde algún lugar (¡el fracaso!) el significado del mundo… ”
Así era, se podría decir. No obstante algo habría que redactar, a la fuerza, escarbando en lo opaco del subsuelo lingüístico –pensaba Ernesto, acuciado por imperativos pragmáticos, constricciones cronológicas (el discurrir del tiempo asesino por encima de todas las cabezas desamparadas) acometiendo largos calos sosegados frente a la noche impertérrita- algo… algo habría que rescatar del imaginario agonizante, del latir irracional de la humanidad sumergida… algo, por fuerza, como se pudiese, a 0’20 céntimos la palabra… algo… porque Ernesto en ningún caso (bajo ningún concepto) querría decepcionar a Gloria, su única fan y admiradora conocida hasta la fecha, su única animadora empática y ecuánime y “optimista” (a la que le unía una corriente de simpatía muy profunda) desde que él hace tres años publicara en una editorial independiente, minoritaria -4018 Búhos- el libro de cuentos “La indisposición del ventrílocuo”, única manifestación literaria y/o artística de Ernesto hasta la fecha.
Gloria.
Y sí, por otro lado qué bien, qué bueno, se publicó “La indisposición del ventrílocuo”-pensaba ahora Ernesto, caprichoso, veleidoso, divagando sin querer por escenarios y paisajes pretéritos, dejándose llevar por una inercia evocadora, revisitándose a sí mismo en un flashback minucioso y preciosista, en un rebobine de causalidades y vivencias interconectadas de las formas más peregrinas- se publicó, en efecto, pero no pasó nada. O sea: nada. Nada perceptible o significativo a efectos sociales, al menos. Nada que fuese más allá de una sobria amistad con su editor (Fermín Gutiérrez) y 20 libros físicos (cuidados, bien encuadernados) a regalar o vender entre amigos y colegas. Poco más. Porque en un principio apenas si hubo ventas de “La indisposición…”, ni críticas, ni revuelos mediáticos, ni mayores aspavientos mundanos. No. Ernesto así, rentista pobre, por muchos libros que tuviera, por muy sabio o artístico que fuese, permanecía en el mismo anonimato de siempre. En el mismo rincón sucio y olvidado de una sociedad indiferente. Su nivel de incidencia en el mundo real era nulo. No había esperanza.
Pero de pronto Gloria le envió un email, a los cinco meses de que “La indisposición…” hubiese salido a la luz, y eso hizo que todo mereciese la pena, pensaba ahora Ernesto, esbozando involuntariamente una sonrisa, paralela a su pensamiento, frente a la noche enorme, las intermitencias lumínicas de los aviones en lo alto, el vuelo de los murciélagos por las cornisas desconchadas de los áticos...
Gloria. Sí. Se ve que había comprado el libro, guiada por la intuición, intrigada por el título ¡tan definitorio y a la vez tan sarcástico! y lo que comprobó al abrirlo y enfrentarlo la dejó emocionada de una manera inconmensurable, en todas sus dimensiones empáticas, en todo su sistema de aceptaciones intelectivas y sensibles… Oh… Le gustó, en resumen. Sí, le gustó ¡y cómo! y no sólo le gustó, sino que, es más, se lo hizo saber ¡abiertamente! ¡deportivamente! ¡participativamente! en un email respetuoso y entusiasta, presentándole sus parabienes, felicitándolo, alentándole a producir más cosas de esa índole, a fluir en la escritura, a perseverar en el empeño literario, ¡a proyectarse hacia el futuro! ¡hacia lo nuevo! ¡a no desfallecer ante la adversidad mundana! (que la habrá, la habrá…) ¡no! ¡a seguir! ¡seguir! ya que ¡al menos había ganado una lectora incondicional! ¿eh? ¡sí! ¡que ella estaba fascinada por sus cuentos! ¡que los entendía! ¡que los había disfrutado infinito! ¡que había viajado por ellos como por toboganes lúbricos… como por un sinfín de peripecias orgásmicas…! ¡que había quedado atónita y sobrecogida y subyugada por esas audacias rompedoras… por esos intrépidos senderos visionarios perpetrados a hachazos fuera de lo trillado!–le decía, y parecía como que Gloria se hubiese contagiado de su estilo, en una aduladora mímesis chistosa, en una suerte de remedo desopilante- y que sí, que –fuera bromas e hipérboles… y prescindiendo de trabalenguas y pantomimas…- que “La indisposición del ventrílocuo” estaba muy bien –le comentaba, chisposa, facunda, en aquel mensaje extenso y verboso- mucho, que le había gustado y sorprendido sobremanera, muy gratamente, de una manera muy especial. En efecto. Unos cuentos muy chulos, muy motivadores, ¡hilarantemente cáusticos! ¡plagados de hallazgos surrealistas! ¡salpicados de humor de alto nivel! ¡de visiones y colores y fogonazos preclaros, inauditos! Oh sí ¡qué cuentos! Sobretodo “Domador de microbios” (una joya, le decía en el email) y “Sentimientos encontrados del maquillador de cadáveres” (haciendo fácil lo difícil, señalaba al particular, elogiosa) aunque también de manera impactante “Onceavo congreso de buskers sicarios” (Oh, qué sublime miseria, qué estruendosa degradación, qué inquietante marginalidad criminal, refería) o incluso –ahí es nada- “El intríngulis existencial del inspector de retretes” (enorme, monumental, neo-dadaísta) a los que dio su beneplácito más rotundo, inquebrantable, fehaciente, exultante, fanático… aunque el resto del elenco –le comentaba- ¡el resto de sus hijos bastardos! ¡de sus proyecciones de parturienta ambiciosa!... el resto -le decía- desde “El bochorno centrífugo” hasta “Las petunias de la indolencia”, pasando por “El amanecer de la escoria” o “El gargajo cínico del sin voz” o incluso “Dad coñac a los niños” o “El hombre que pensaba demasiado”, aunque menos llamativos y sorpresivos, más –por decirlo así- standards, también mantenían un nivel más que aceptable de dignidad literaria, sin desmerecer al conjunto, le decía Gloria, inspirada, inteligente, risueña, en un fluir arborescente de frases simpáticas, en un deslizar cadencioso y musical de guiños de aceptación, de sobreentendidos cómplices, plenamente segura y feliz de su adhesión a la causa. Etcétera etcétera. El email finalizaba pidiendo el consentimiento, la aprobación explícita (mutuo acuerdo) para efectuar e implementar una reseña favorable y proselitista en el suplemento de cultura de su diario, a modo de publicidad amiga, de dar visibilidad y sonoridad al fenómeno, de abrir puertas y simpatías ¡puertas y simpatías! a tamaña obra de arte, ¡a tan extraordinaria y singular cosmovisión! ¿eh?.. .
Ernesto, henchido de gozo y de felicidad, conmovido hasta las lágrimas en su meollo sensible, eufórico como un santo en pleno éxtasis, la contestó entonces ipso facto… que sí… que por supuesto… que cómo no… que por favor… que muchas gracias… que qué gran corazón ¡oh! ¡qué gran corazón el suyo!… y que qué bonito sentirse comprendido… o aceptado… o respaldado… o querido… y, en fin, que qué alegría (¡inmensa!) encontrar un alma gemela por estas selvas hostiles de soledad infinita… por estos arduos y durísimos desiertos… estos basureros sórdidos de la indiscriminación filistea… y que ella no sabía bien (¡que no sabía bien! ¡no sabes tú bien, Gloria!) que ella no sabía bien ¡el bien! que le hacían a él esas palabras de aliento…esos ánimos emotivos… esa sensata “comprensión”… esa solidaridad… que ella no sabía bien cómo sus palabras insuflaban energía humana a su espíritu pesimista, a su percepción nefasta del porvenir y del pasado… de todo… y cómo reconfortaban su fragilidad acorazada (¡a base de costras! ¡de cicatrices!)… cómo daban paz y revitalizaban su ser obsesivo y neurótico… su ser delicado o paroxístico tambaleándose borracho entre féretros, patíbulos, presidios, dudas, paranoias, palimpsestos, angustias, cornucopias, manicomios, saboteos, zoológicos, calaveras, pistolas ¡kalashnikovs!… en fin, sí… su ser arriesgado y difícil tendente siempre a la autodestrucción… ¡a la negación sistemática de todo! ¡a la bomba atómica multidimensional! ¡al rencor y al nihilismo más extremo y destroyer! ¿eh?... y que sí, que ella (¡ella!) que ella casi que lo estaba salvando de matarse a sí mismo… de reventarse con toneladas de alcohol… o fármacos letales… o drogas máximas… de destruirse estentóreamente ¡para todos, para nadie! en cualquier ignoto rincón del planeta… ¡o aquí mismo! ¿eh? a modo de castigo por la conciencia… ¡por la conciencia del absurdo! ¡por el infinito dolor intelectual! ¡por la autoflagelación que supone en las almas sensibles (¡las almas sensibles!) todo el sinsentido, todo el maltrato, todo el ruido, todo el odio, todo el fascismo, toda la perversión del mundo! ¿verdad?… etcétera… pero que, en fin, sí, que en fin, que él estaba exagerando, como siempre (aunque ella ya lo sabía) que él estaba magnificando y sublimando artísticamente -todas estas palabras- su individualidad esquiva, su intransferible estructura anímica (tan estrambótica o vulgar, tan elitista o perra, tan genial o tarada, tan–a fin de cuentas- contradictoria, verdad) pero que por favor que sí, que le hiciese una crítica en su diario, claro, por supuesto, y como más le gustase y le satisficiera ¡a placer! desde su propio criterio y juicio y gusto, que seguro que, viniendo de ella (¡viniendo de ella!) sería una delicia excelsa, un cautivador embeleso, una maravilla seductora, suculenta, sabrosa ¡como las patatas fritas! ¡como las gominolas! ¡como las coronitas con tequila y limón! y que encantado de haberte conocido Gloria, aunque por el momento sólo sea de manera virtual, y que mucho gusto por todo… y que nunca te lo agradeceré lo suficiente… ¡ni en mil vidas!… ya lo sabes… y que mis mejores deseos… mis mejores deseos, sí…tuyo siempre (tuyo siempre) Ernesto…
Dicho y hecho. Gloria le hizo una crítica favorable y entusiasta en el suplemento de cultura de su diario –combinando las 27 letras del alfabeto en un soberbio panegírico sobre “La indisposición del ventrílocuo” que en sí mismo era también una lograda y graciosa obra de arte, juguetona, breve, intrépida- crítica que acaso captó a 10 o 20 hipotéticos lectores más, de entre todos los posibles...
Ahora, a 0’20 céntimos la palabra, tres años después, mutatis mutandis (miríadas y miríadas de gotas de lluvia habían sido lloradas sobre el mundo) Gloria le sugería que escribiese algo inspirado y revelador sobre el fracaso. El fracaso. El fracaso…
“No obstante yo ya no soy el mismo aguerrido tiparrón de piel gruesa de entonces- Ernesto se adentró en el living y aplastó el pitillo aún humeante, como a una cucaracha, en el primer cenicero que se interpuso en su camino –no, ya no más, ya todo cambió, yo ya no soy más aquel vigoroso psiconauta lúcido de hace tres, cuatro años, el que escribió alegremente “La indisposición del ventrílocuo”; aquel temerario poeta loco de ojos grandes que escribía día y noche, sin parar, a ráfagas inspiradas, vomitando el alma, los episodios más salvajes de las existencias rastreras, las escenas más tremendas y estridentes y aberrantes de la miseria, de la violencia, de la locura…”
No, últimamente parecía ser el laconismo más desalmado y abstracto lo que imperaba y preponderaba sobre todas las cosas -pensaba Ernesto- mucho más que la gracia sensual y la inspiración y la fuerza de antaño. Pero bien, ahora mismo, en esta coyuntura espacio-temporal concreta, tampoco se trataba de crear la octava maravilla del mundo, en cuarenta horas, en las cuarenta horas que quedaban para que el plazo de entrega venciera –resolvió Ernesto, mirando su reloj (05:03) haciendo cálculos frente a la luz aséptica del ordenador, sorteando el ruido blanco del girar incesante de las turbinas- no; ahora se trataba más bien de mentir (¡mentir! “cualquier cosa, cualquier disquisición visceral contra todo, cualquier improvisación fantástico-depresiva sobrevolando el mundo”, le había dicho Gloria) de mentir literariamente, artísticamente, en un artículo alimenticio, de tres páginas, sobre el fracaso. 950 palabras (aprox). Nada más.
Aunque también era cierto que en este preciso momento coagulado de la alta madrugada, agotado, recalentado, bloqueado, saturado, Ernesto se sentía totalmente incapaz de escribir nada… nada sensato…nada en absoluto…ni una palabra…
(¿El fracaso es un corazón enorme destrozado por las hormigas? ¿un bellísimo cadáver sobre el que mean niños huérfanos? ¿un piano a campo abierto aporreado por monos psicóticos? ¿un hígado inflado repartido entre los buitres? ¿la canción de amor del asesino múltiple? ¿una rata de cloaca comiéndose los ojos de un bebé?)
Por lo que Ernesto, resolutorio, pragmático, apoyándose en el refranero –autoridad última y definitiva para según qué casos desesperados- decidió aplicarse a sí mismo, grosso modo, aquello de que “a grandes males grandes remedios” y, sin dudarlo, apagó el ordenador y fue al botiquín. Allí se tomó –medida excepcional- dos pastillas enteras de Lormetazepam, 2+2=4 mg, sin manías, sin aprensiones, pura decisión. Tras ello –tras disolverlas bajo la lengua las empujó hacia abajo, con un chorro de leche, haciendo un alto en la cocina- Ernesto se deslizó hacia la habitación y se puso el pijama y se metió en la cama.
Ya ahí, en postura horizontal, notando un paulatino relajamiento de los músculos, una progresiva molicie, Ernesto decidió no pensar en nada y abandonarse sin más, desconectado, al reparador sueño benzodiazepínico de los ansiosos.
En cuanto al artículo y Gloria, bien, si había suerte, mañana, tirando de tres cafés cargados, en un estrese creativo-productivo a contrarreloj, lo escribiría. ¿Y si no? bien, sino tampoco pasaba nada, se lo diría a Gloria, la buena de Gloria; ella en cualquier caso–fuese lo que fuese- lo iba a entender.
Porque el encargo para el viernes no avanzaba de ningún modo, el artículo de tres páginas “sobre el fracaso” (cualquier cosa, cualquier disquisición visceral contra todo, cualquier improvisación fantástico-depresiva sobrevolando el mundo, le había dicho Gloria, la filántropa del suplemento cultural, la cazatalentos dando espacio a “nuevas voces”, la benefactora indirecta de los bohemios suicidas) no, no avanzaba, ni una palabra, ni un planteamiento o leit motiv inspirador que diera pie a un discurso exuberante (negativo en su contenido, gracioso en su forma, tal solía ser la manera recurrente de operar de Ernesto) ni un arranque clarividente desde el que desparramarse en excursos y filigranas poéticas o narrativas, en ramificaciones y torbellinos frenéticos, polisémicos, en fuegos de artificio iluminando la noche eterna de los mortales, sus estúpidos deseos de ser Dios...
No, nada, no salía nada coherente de la cabeza maltratada de Ernesto, nada que quisiese trasladar al papel o a la pantalla del ordenador, nada que resistiese un mínimo análisis severo, todo moría antes siquiera de haber nacido, descuartizado en una suerte de “para qué” o de “tampoco” preliminar que evitaba todo el asco de cualquier concreción anímica.
No obstante lo sé todo sobre el fracaso, pensaba Ernesto, en una mueca paradójica, fumando compulsivamente toda su esterilidad manifiesta, un cigarrillo tras otro, navegando la niebla tupida en que se había convertido su apartamento destartalado a las afueras (digno de un vagabundo desidioso, de un yonqui estupefacto, de un tullido sin extremidades, sin cabeza, sin cerebro, pensaba Ernesto por momentos, en un lento goteo de imágenes, de metáforas) atravesando el aire enrarecido de su vida interior mastodóntica, el recorrido sobreactuado de su monstruosidad lacónica, de un lado para otro (por encima de todas las cosas) sin parar, soliviantado, nervioso, asmático, como un recluso en una prisión alucinante.
Porque, por mucho que hayas escrito previamente, nada te garantiza la siguiente frase, musitaba para sí nuestro Ernesto de marras (varón, 1,80 cm, 85 kg) sotto voce, al ritmo de sus pasos obcecados, en un monólogo interior irregular, en una suerte de fluir arrastrado de alcantarillas, mientras miraba sin ver los ceniceros supurantes (tres, cuatro, cinco) los libros apelotonados en asimetrías equilibristas, unos encima de otros, en montones desganados y precarios, sobre la mesa, sobre los muebles, por el suelo, las facturas enganchadas con chinchetas de colores al panel de corcho, en la pared del fondo, al lado de dibujos enigmáticos que Ernesto se distraía en plasmar de vez en cuando, a modo de obscenidad abstracta, de captura de “lo huidizo primordial”(diría él)… Pero no, Ernesto no veía nada, no prestaba atención a ninguna cosa, todo lo que le rodeaba ahora no era más que una prolongación exponencial de su alma vanguardista, un asomarse estresante a la maquinaria saturada de su propio desaliento ¿¿??…
Así que –qué hacer- Ernesto acabó por salir al balcón, cigarrillo en ristre, a respirar el aire gélido de la madrugada, a relajar los ánimos sobresaltados, a tratar de cambiar la claustrofobia del desorden doméstico por una desconexión etérea, frente a la noche, el invierno, el rechinar del cosmos incomprensible, el chorrear de las estrellas turbias, pensó. Gustando del frío, así, apoyado en la baranda del balcón de su tercer piso, inclinado sobre el vértigo, Ernesto se encendió el enésimo cigarro de la jornada, en un gesto característico, tras lo que empezó de manera gradual a deslizar su mirada voraz por el paisaje de paralelepípedos en sombra, las hileras de farolas amarillas, los tejados de uralita de los barrios distantes, el ocasional humo de una chimenea huérfana. Arriba, en mitad del cielo gris, incrustada como un botón en mantequilla, una luna creciente saludaba o maldecía a todos los insomnes y noctámbulos del mundo (04:30 a.m., 7 º centígrados) Abajo, en el suelo, el pavimento desgastado estaba totalmente vacío de acciones y transeúntes y mamíferos (ni siquiera gatos) abandonado a su suerte mineral, su soledad de cemento, su inane solidez pisoteada...
“Y yo, entre las cloacas y la luna, antihéroe vocacional, ubicado en el margen sociópata de todo, arrojado a mi desesperación geométrica, mis tormentos hedonistas, mi renuncia hipersensible, mi sequedad creativa… yo: dogmático en mi escepticismo, desembocar plausible de la sinfonía del espejo, cacho de carne cruda, pedazo de mierda artística… yo… yo no logro encontrar el hilo… ningún hilo… ni el más mínimo hilo… ni el menor atisbo de hilo para desentrañar desde algún lugar (¡el fracaso!) el significado del mundo… ”
Así era, se podría decir. No obstante algo habría que redactar, a la fuerza, escarbando en lo opaco del subsuelo lingüístico –pensaba Ernesto, acuciado por imperativos pragmáticos, constricciones cronológicas (el discurrir del tiempo asesino por encima de todas las cabezas desamparadas) acometiendo largos calos sosegados frente a la noche impertérrita- algo… algo habría que rescatar del imaginario agonizante, del latir irracional de la humanidad sumergida… algo, por fuerza, como se pudiese, a 0’20 céntimos la palabra… algo… porque Ernesto en ningún caso (bajo ningún concepto) querría decepcionar a Gloria, su única fan y admiradora conocida hasta la fecha, su única animadora empática y ecuánime y “optimista” (a la que le unía una corriente de simpatía muy profunda) desde que él hace tres años publicara en una editorial independiente, minoritaria -4018 Búhos- el libro de cuentos “La indisposición del ventrílocuo”, única manifestación literaria y/o artística de Ernesto hasta la fecha.
Gloria.
Y sí, por otro lado qué bien, qué bueno, se publicó “La indisposición del ventrílocuo”-pensaba ahora Ernesto, caprichoso, veleidoso, divagando sin querer por escenarios y paisajes pretéritos, dejándose llevar por una inercia evocadora, revisitándose a sí mismo en un flashback minucioso y preciosista, en un rebobine de causalidades y vivencias interconectadas de las formas más peregrinas- se publicó, en efecto, pero no pasó nada. O sea: nada. Nada perceptible o significativo a efectos sociales, al menos. Nada que fuese más allá de una sobria amistad con su editor (Fermín Gutiérrez) y 20 libros físicos (cuidados, bien encuadernados) a regalar o vender entre amigos y colegas. Poco más. Porque en un principio apenas si hubo ventas de “La indisposición…”, ni críticas, ni revuelos mediáticos, ni mayores aspavientos mundanos. No. Ernesto así, rentista pobre, por muchos libros que tuviera, por muy sabio o artístico que fuese, permanecía en el mismo anonimato de siempre. En el mismo rincón sucio y olvidado de una sociedad indiferente. Su nivel de incidencia en el mundo real era nulo. No había esperanza.
Pero de pronto Gloria le envió un email, a los cinco meses de que “La indisposición…” hubiese salido a la luz, y eso hizo que todo mereciese la pena, pensaba ahora Ernesto, esbozando involuntariamente una sonrisa, paralela a su pensamiento, frente a la noche enorme, las intermitencias lumínicas de los aviones en lo alto, el vuelo de los murciélagos por las cornisas desconchadas de los áticos...
Gloria. Sí. Se ve que había comprado el libro, guiada por la intuición, intrigada por el título ¡tan definitorio y a la vez tan sarcástico! y lo que comprobó al abrirlo y enfrentarlo la dejó emocionada de una manera inconmensurable, en todas sus dimensiones empáticas, en todo su sistema de aceptaciones intelectivas y sensibles… Oh… Le gustó, en resumen. Sí, le gustó ¡y cómo! y no sólo le gustó, sino que, es más, se lo hizo saber ¡abiertamente! ¡deportivamente! ¡participativamente! en un email respetuoso y entusiasta, presentándole sus parabienes, felicitándolo, alentándole a producir más cosas de esa índole, a fluir en la escritura, a perseverar en el empeño literario, ¡a proyectarse hacia el futuro! ¡hacia lo nuevo! ¡a no desfallecer ante la adversidad mundana! (que la habrá, la habrá…) ¡no! ¡a seguir! ¡seguir! ya que ¡al menos había ganado una lectora incondicional! ¿eh? ¡sí! ¡que ella estaba fascinada por sus cuentos! ¡que los entendía! ¡que los había disfrutado infinito! ¡que había viajado por ellos como por toboganes lúbricos… como por un sinfín de peripecias orgásmicas…! ¡que había quedado atónita y sobrecogida y subyugada por esas audacias rompedoras… por esos intrépidos senderos visionarios perpetrados a hachazos fuera de lo trillado!–le decía, y parecía como que Gloria se hubiese contagiado de su estilo, en una aduladora mímesis chistosa, en una suerte de remedo desopilante- y que sí, que –fuera bromas e hipérboles… y prescindiendo de trabalenguas y pantomimas…- que “La indisposición del ventrílocuo” estaba muy bien –le comentaba, chisposa, facunda, en aquel mensaje extenso y verboso- mucho, que le había gustado y sorprendido sobremanera, muy gratamente, de una manera muy especial. En efecto. Unos cuentos muy chulos, muy motivadores, ¡hilarantemente cáusticos! ¡plagados de hallazgos surrealistas! ¡salpicados de humor de alto nivel! ¡de visiones y colores y fogonazos preclaros, inauditos! Oh sí ¡qué cuentos! Sobretodo “Domador de microbios” (una joya, le decía en el email) y “Sentimientos encontrados del maquillador de cadáveres” (haciendo fácil lo difícil, señalaba al particular, elogiosa) aunque también de manera impactante “Onceavo congreso de buskers sicarios” (Oh, qué sublime miseria, qué estruendosa degradación, qué inquietante marginalidad criminal, refería) o incluso –ahí es nada- “El intríngulis existencial del inspector de retretes” (enorme, monumental, neo-dadaísta) a los que dio su beneplácito más rotundo, inquebrantable, fehaciente, exultante, fanático… aunque el resto del elenco –le comentaba- ¡el resto de sus hijos bastardos! ¡de sus proyecciones de parturienta ambiciosa!... el resto -le decía- desde “El bochorno centrífugo” hasta “Las petunias de la indolencia”, pasando por “El amanecer de la escoria” o “El gargajo cínico del sin voz” o incluso “Dad coñac a los niños” o “El hombre que pensaba demasiado”, aunque menos llamativos y sorpresivos, más –por decirlo así- standards, también mantenían un nivel más que aceptable de dignidad literaria, sin desmerecer al conjunto, le decía Gloria, inspirada, inteligente, risueña, en un fluir arborescente de frases simpáticas, en un deslizar cadencioso y musical de guiños de aceptación, de sobreentendidos cómplices, plenamente segura y feliz de su adhesión a la causa. Etcétera etcétera. El email finalizaba pidiendo el consentimiento, la aprobación explícita (mutuo acuerdo) para efectuar e implementar una reseña favorable y proselitista en el suplemento de cultura de su diario, a modo de publicidad amiga, de dar visibilidad y sonoridad al fenómeno, de abrir puertas y simpatías ¡puertas y simpatías! a tamaña obra de arte, ¡a tan extraordinaria y singular cosmovisión! ¿eh?.. .
Ernesto, henchido de gozo y de felicidad, conmovido hasta las lágrimas en su meollo sensible, eufórico como un santo en pleno éxtasis, la contestó entonces ipso facto… que sí… que por supuesto… que cómo no… que por favor… que muchas gracias… que qué gran corazón ¡oh! ¡qué gran corazón el suyo!… y que qué bonito sentirse comprendido… o aceptado… o respaldado… o querido… y, en fin, que qué alegría (¡inmensa!) encontrar un alma gemela por estas selvas hostiles de soledad infinita… por estos arduos y durísimos desiertos… estos basureros sórdidos de la indiscriminación filistea… y que ella no sabía bien (¡que no sabía bien! ¡no sabes tú bien, Gloria!) que ella no sabía bien ¡el bien! que le hacían a él esas palabras de aliento…esos ánimos emotivos… esa sensata “comprensión”… esa solidaridad… que ella no sabía bien cómo sus palabras insuflaban energía humana a su espíritu pesimista, a su percepción nefasta del porvenir y del pasado… de todo… y cómo reconfortaban su fragilidad acorazada (¡a base de costras! ¡de cicatrices!)… cómo daban paz y revitalizaban su ser obsesivo y neurótico… su ser delicado o paroxístico tambaleándose borracho entre féretros, patíbulos, presidios, dudas, paranoias, palimpsestos, angustias, cornucopias, manicomios, saboteos, zoológicos, calaveras, pistolas ¡kalashnikovs!… en fin, sí… su ser arriesgado y difícil tendente siempre a la autodestrucción… ¡a la negación sistemática de todo! ¡a la bomba atómica multidimensional! ¡al rencor y al nihilismo más extremo y destroyer! ¿eh?... y que sí, que ella (¡ella!) que ella casi que lo estaba salvando de matarse a sí mismo… de reventarse con toneladas de alcohol… o fármacos letales… o drogas máximas… de destruirse estentóreamente ¡para todos, para nadie! en cualquier ignoto rincón del planeta… ¡o aquí mismo! ¿eh? a modo de castigo por la conciencia… ¡por la conciencia del absurdo! ¡por el infinito dolor intelectual! ¡por la autoflagelación que supone en las almas sensibles (¡las almas sensibles!) todo el sinsentido, todo el maltrato, todo el ruido, todo el odio, todo el fascismo, toda la perversión del mundo! ¿verdad?… etcétera… pero que, en fin, sí, que en fin, que él estaba exagerando, como siempre (aunque ella ya lo sabía) que él estaba magnificando y sublimando artísticamente -todas estas palabras- su individualidad esquiva, su intransferible estructura anímica (tan estrambótica o vulgar, tan elitista o perra, tan genial o tarada, tan–a fin de cuentas- contradictoria, verdad) pero que por favor que sí, que le hiciese una crítica en su diario, claro, por supuesto, y como más le gustase y le satisficiera ¡a placer! desde su propio criterio y juicio y gusto, que seguro que, viniendo de ella (¡viniendo de ella!) sería una delicia excelsa, un cautivador embeleso, una maravilla seductora, suculenta, sabrosa ¡como las patatas fritas! ¡como las gominolas! ¡como las coronitas con tequila y limón! y que encantado de haberte conocido Gloria, aunque por el momento sólo sea de manera virtual, y que mucho gusto por todo… y que nunca te lo agradeceré lo suficiente… ¡ni en mil vidas!… ya lo sabes… y que mis mejores deseos… mis mejores deseos, sí…tuyo siempre (tuyo siempre) Ernesto…
Dicho y hecho. Gloria le hizo una crítica favorable y entusiasta en el suplemento de cultura de su diario –combinando las 27 letras del alfabeto en un soberbio panegírico sobre “La indisposición del ventrílocuo” que en sí mismo era también una lograda y graciosa obra de arte, juguetona, breve, intrépida- crítica que acaso captó a 10 o 20 hipotéticos lectores más, de entre todos los posibles...
Ahora, a 0’20 céntimos la palabra, tres años después, mutatis mutandis (miríadas y miríadas de gotas de lluvia habían sido lloradas sobre el mundo) Gloria le sugería que escribiese algo inspirado y revelador sobre el fracaso. El fracaso. El fracaso…
“No obstante yo ya no soy el mismo aguerrido tiparrón de piel gruesa de entonces- Ernesto se adentró en el living y aplastó el pitillo aún humeante, como a una cucaracha, en el primer cenicero que se interpuso en su camino –no, ya no más, ya todo cambió, yo ya no soy más aquel vigoroso psiconauta lúcido de hace tres, cuatro años, el que escribió alegremente “La indisposición del ventrílocuo”; aquel temerario poeta loco de ojos grandes que escribía día y noche, sin parar, a ráfagas inspiradas, vomitando el alma, los episodios más salvajes de las existencias rastreras, las escenas más tremendas y estridentes y aberrantes de la miseria, de la violencia, de la locura…”
No, últimamente parecía ser el laconismo más desalmado y abstracto lo que imperaba y preponderaba sobre todas las cosas -pensaba Ernesto- mucho más que la gracia sensual y la inspiración y la fuerza de antaño. Pero bien, ahora mismo, en esta coyuntura espacio-temporal concreta, tampoco se trataba de crear la octava maravilla del mundo, en cuarenta horas, en las cuarenta horas que quedaban para que el plazo de entrega venciera –resolvió Ernesto, mirando su reloj (05:03) haciendo cálculos frente a la luz aséptica del ordenador, sorteando el ruido blanco del girar incesante de las turbinas- no; ahora se trataba más bien de mentir (¡mentir! “cualquier cosa, cualquier disquisición visceral contra todo, cualquier improvisación fantástico-depresiva sobrevolando el mundo”, le había dicho Gloria) de mentir literariamente, artísticamente, en un artículo alimenticio, de tres páginas, sobre el fracaso. 950 palabras (aprox). Nada más.
Aunque también era cierto que en este preciso momento coagulado de la alta madrugada, agotado, recalentado, bloqueado, saturado, Ernesto se sentía totalmente incapaz de escribir nada… nada sensato…nada en absoluto…ni una palabra…
(¿El fracaso es un corazón enorme destrozado por las hormigas? ¿un bellísimo cadáver sobre el que mean niños huérfanos? ¿un piano a campo abierto aporreado por monos psicóticos? ¿un hígado inflado repartido entre los buitres? ¿la canción de amor del asesino múltiple? ¿una rata de cloaca comiéndose los ojos de un bebé?)
Por lo que Ernesto, resolutorio, pragmático, apoyándose en el refranero –autoridad última y definitiva para según qué casos desesperados- decidió aplicarse a sí mismo, grosso modo, aquello de que “a grandes males grandes remedios” y, sin dudarlo, apagó el ordenador y fue al botiquín. Allí se tomó –medida excepcional- dos pastillas enteras de Lormetazepam, 2+2=4 mg, sin manías, sin aprensiones, pura decisión. Tras ello –tras disolverlas bajo la lengua las empujó hacia abajo, con un chorro de leche, haciendo un alto en la cocina- Ernesto se deslizó hacia la habitación y se puso el pijama y se metió en la cama.
Ya ahí, en postura horizontal, notando un paulatino relajamiento de los músculos, una progresiva molicie, Ernesto decidió no pensar en nada y abandonarse sin más, desconectado, al reparador sueño benzodiazepínico de los ansiosos.
En cuanto al artículo y Gloria, bien, si había suerte, mañana, tirando de tres cafés cargados, en un estrese creativo-productivo a contrarreloj, lo escribiría. ¿Y si no? bien, sino tampoco pasaba nada, se lo diría a Gloria, la buena de Gloria; ella en cualquier caso–fuese lo que fuese- lo iba a entender.
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