Igual que el silencio se espesa, frío
y cruel, sobre nuestras cabezas perdidas, desamparadas, girando en arabescos
introvertidos que acaso rememoren alguna suerte de amor con la muerta, ya
imposible. El pintor está de pie, desgarbado, abstracto, imperturbable, posando
frente a su cuadro horrendo (“el infierno”). Yo estoy sentado –hay confianza-
en el sillón orejero, mirándolo. Qué hacer, qué decir. Nada. Para aliviar algo la
tensión sombría incomodante que nos atenaza saco un cigarrillo y me lo
enciendo. A modo de excusa, de disculpa, de algo, ¿de qué? qué sé yo: fumo,
resumiendo en el humo del cigarro toda la locura de la naturaleza (toda la
entropía de la materia) en silencio, sin nada trascendente o moral que decir (“la
espichó”) sólo degustando el sabor del vacío, deleitándome en la contemplación
de las formas sinuosas y azules del humo que asciende hasta el techo disolviéndose,
o que, expulsado en lentas bocanadas, lucha con odio subrepticio contra la luz eléctrica
escasa que ahora nos recubre. Entre tanto el pintor sigue ahí, sin inmutarse, de
pie frente a su cuadro (no se ha movido un ápice) paralizado en el discurrir de
sus propios procesos mentales incomunicables, fingiéndose acaso derrotado ante
lo irrevocable, sabiéndose quizá personaje falaz en el teatro de los pesares y las
lástimas...
-
Porque suicidio no fue ¿no? –aventuro yo, finalmente,
aplastando el cigarrillo
consumido contra el cenicero
repleto, resquebrajando así, grosero, lo insondable de nuestro silencio necrofílico.
-
No.
Y el silencio sigue espesándose entre
ambos, coherente en su ineptitud, como niebla escabrosa y profunda borrando
cualquier duda o controversia, cualquier indicio de alegría (macabra) o
tormento. Todo.
-
Y lo peor es que, como diría Sid Vicious (haha,
imposible risa autoparódica) las
palabras sólo valen para expresar
las palabras, no lo que se siente – acaba por dictaminar el pintor, seco (quien
acaso tantas veces soñó con matarla, con destruirla), en este momento
hiperrealista que se derrumba desde todas las perspectivas.
-
Bebamos algo ¿quieres? –articulo yo como toda respuesta.
-
Sí, sí, perdona, lo olvidaba. Yo también lo necesito.
Es así que el pintor trae dos copas
translúcidas y una botella de vino (otras veces fue whisky, o ron) siguiendo la
costumbre atávica que rige nuestra breve relación enfermiza. Descorcha la
botella y sirve las copas, tras lo que, absurdo y voluminoso, se sienta en el
sofá, como un rascacielos que se desploma, como un bulto incongruente que cae.
-
Y qué pena, y me imagino que tú también lo sientes,
aunque no manifiestes
nada, tan inexpresivo como puedas –acaba
diciendo, de nuevo charlatán e imbécil, como siempre lo fue (en realidad) tras
beber rápidamente un largo trago – qué pena, sí, pero morir es una de tantas
posibilidades cuando te gusta tanto violentarte la nariz, y Merche, siendo todo
lo que era, también era una burra incontrolable, desmedida, a solas o contra
todos.
-
Ya –respondo, sin ganas de hablar, mintiendo con el
monosílabo tantas verdades
desnortadas y criminales que él
ignora, tantas obviedades y enigmas desnortados que me atañen, muy a mi pesar.
-
En cuanto al cuadro, se llama El Infierno –dice el
pintor (sin entender nada)
resolutivo, cambiando de tema, señalándolo,
mostrándomelo sesgadamente con su mano derecha, como en una definición gestual de
algo imposible, metafísico- El infierno –insiste- Llevo tres días pintándolo.
Desde que supe del fallecimiento.
Se detiene un breve instante a ver
si yo miro El Infierno. Lo miro, indiferente. Ataca un nuevo buche de tinto. Prosigue.
-
Un homenaje a ella, a lo que me dio, a lo que le robé.
También una catarsis
respecto a mi conciencia de la
pérdida. El Infierno… No te gusta ¿no?
-
No.
-
Puede ser… Claro, aún no está acabado, ni siquiera
definido… Además
que todo ahora es simple y llanamente
Anestesia, llamémosla así ¿no? Anestesia –susurra algo ininteligible, sotto
voce- Y qué importan los colores y las formas y el Arte, salvo como sublimación
del Tiempo… Anestesia. Porque me siento incapaz de abordar el núcleo duro del
dolor que daría paso a un llanto interminable, infinito, caso de que yo fuera
capaz de algo así ¿no? caso de que yo fuera capaz de nada… capaz, capaz, capaz…
Entonces puede ser que una polilla
se empiece a freír contra alguna luz discreta en un rincón, o que una mosca
redoble sus esfuerzos por salir a fuera, chocando una y otra vez contra el
vidrio de una ventana cerrada. O que yo piense en Merche (en ella) de una
manera tan poderosamente mía que nadie osará jamás contradecirme. De cualquier
modo algo sucede y se enreda en el silencio. Figuras del pensamiento, de la
lógica, de la imaginación, de la vida…
-
Por cierto que pensé en decírtelo en cuanto lo supe,
llamarte al hotel –interrumpe
de pronto mis pensamientos el autor
de “el infierno”, casi sobresaltándome con su voz estentórea, imprevisible- Lo
pensé. Luego decidí guardármelo para mí solo. Monopolizar el dolor. O su
concepto. Al fin y al cabo Merche no te pertenecía… Al fin y al cabo Merche era
mi novia, no la tuya ¿no? En fin, no sé si te hubiese gustado asistir al
entierro, presenciar la horrible ceremonia final...
-
No, no especialmente.
-
Bueno, como sea. Ahora ya es igual.
Es tarde. Siempre es tarde en mi
vida, pienso. Nada llegó a su debido tiempo. Sólo la vejez, casi prematura,
destrozando toda alegría y facilidad y compasión en mí, toda naturaleza, todo
futuro. En cuanto a Merche, que estaba por venir del todo, ¡por irrumpir! no
llegará jamás. Razones de fuerza mayor. Es lo que hay.
El pintor se alza de pronto y pone
la radio. Suena música pop independiente, a un volumen discreto, en ráfagas
monótonas de tanto en tanto interrumpidas por interferencias sutiles, caprichosas.
El crepitar de las ondas… Joder, qué asco, vaya bombardeo sonoro de tonterías y
porquerías armónicas y líricas, pienso... qué asco… Sin embargo no le diré que
cambie la sintonía, que busque algo mejor (¿Handel, Beethoven, Schubert,
Brahms? ¿Schoenberg, Berg? ¿Flamenco, Hardcore, Death Metal?) algo que se
adapte mejor a mi estado de ánimo artificial, a mis criterios
estético-musicales, a la funesta coyuntura en la que nos hallamos, algo mejor
¿no? Pero no. Me da absolutamente igual ahora. Todo es la muerte. Todo. Silencio,
música, palabras, todo erige en el aire el mismo sordo dolor, la misma penosa
tribulación sin consuelo, sin escapatoria. (“Y el pordiosero aulló desde las
tinieblas, dentro de una bolsa de basura, tras el primer golpe que le reventó
la cabeza, expresando en el aullido la posible existencia de una revolución
misteriosa en la que sumergirse…”)
Oh, Dios, estoy destrozado, agotado
en lo trabajoso y falso de mi impostura. Quizá fuese ya momento de acabar con
el pintor. Del todo. Primero decirle la verdad. Después matarlo. La verdad, a
saber: que nada es lo que parece, que todo ha sido mentira desde el principio,
que no soy ningún escritor bohemio sino un asesino múltiple, que no creo en
ningún arte más que ¡en el mío propio! ¡originalísimo! que es el de matar a
sangre fría a quien me plazca, como venganza desproporcionada afirmante ¡y real!
contra el mundo que hizo posible todo mi dolor…desde siempre… y que qué le
parece ¿eh? ¿estuvo bien mi disimulo? ¿interpreté bien mi papel de artista, de
amigo? ¿eh? ¿di el pego? ¿triunfé? ¿resulté creíble en mi papel? Por otro lado ¿no
sospechaba él que todo podía ser falso? ¿no se olió nada extraño? Después matarlo.
El pintor llena de nuevo los vasos,
con su habitual histrionismo, con su involuntaria decadencia, ajeno a todo lo
que acaece y se elabora en mi cabeza a velocidades inefables. (“Matarlo ya o no
matarlo ya”, ésta es la cuestión.) Ahí está. No sonríe, pero tampoco me
atrevería a decir que se sienta triste. Mi impresión más bien es que está
orgulloso de “El Infierno”, al que no deja de echar miradas vanidosas,
autocomplacientes, casi juguetonas, libidinosas…
(“las proezas de mi megalomanía
equilibrista, inflando mi ego artístico-artificial por encima de todas las
tragedias, contemplando desde las alturas el atropellado fluir de las hormigas
que se desplazan, inútiles, vacuas, de aquí para allá, todos esos pelotones de
sufridores esclavizados, de números incomprensibles que se retuercen y agonizan
frente a la muerte (o son felices), mientras yo paseo como un funambulista
heroico por la cuerda-alambre de violín hiperestésico que une dos catedrales
absurdas… sintiendo un vértigo glorioso al que sólo supera mi vanidad… mi miedo…
en las grandes alturas del arte irreal… jugándome la vida y odiándome y
maltratándome precisamente por el hecho de estar tan enamorado de mí mismo…mientras
mi amada muere…”)
-
Oh, pero estoy endiabladamente anestesiado, por supuesto –reacciona de nuevo
el pintor ante el silencio humano, contradiciendo
el aire, tratando de forzar una imposible sonrisa en su rostro, que no llega,
quedándose en nada más que un mohín amargo – Endiabladamente. Desde que me
llamó su madre y lo supe que estoy anestesiado, no importa la manera, siempre y
cuando sea rotunda, brutal. Más que nunca. Así que sólo podía pintar, a fin de
cuentas. Pintar: resucitar la gran maquinaria del alejamiento. Pese a que sé
que hay dolor, y que todo es dolor, y que el mundo gira obcecado en torno a un
eje podrido de dolor, pero, no sé, qué quieres, soy incapaz de sentirlo, de
atraparlo, de saborearlo, de hacerlo mío… el dolor… ¡el dolor!...
Por lo cual un nuevo vaso de vino,
lleno hasta los bordes, acaba por ser lo pertinente y significativo para este
ser al que he observado y estudiado, durante algún tiempo denso, vívido; ser al
que, de alguna manera mimética o metonímica, me he acabado pareciendo, como un
padre o un hijo o un espíritu santo, en el gran circo-teatro de los arquetipos
extremos, rozando siempre el sinsentido o la locura, la nada o el infierno…
(¡El Infierno!)
Es así que el pintor engulle, como
si fuera agua, de un solo buche, media copa de vino (licor-nana-de-madre,
licor-coño-de-Merche) con los ojos cerrados, como quien da un beso, frente a mi
mirada taxonómica-forense. ¿Y si lo reventase ahora mismo a patadas desde la
posible furia consecuente que hay en mí?, pienso. ¿Y si lo matase ya? Pero no (antes
aún de haberse dibujado en trazo propio la idea macabra se desdibuja en mi
cabeza), no, no lo mataré hoy. Hay, habrá tiempo suficiente para digerir y asimilar
lo que pasa, y actuar en consecuencia, caso de que seamos capaces de pensar, de
asimilar, de ver, de oír, de actuar en consecuencia... No, hoy no. No puede
ser. Hoy no lo mataré. Aunque tampoco puedo permanecer aquí mucho rato sin
crisparme, me conozco, me sé incapaz de soportar ya esta tensión creciente, esta
farsa sin sentido en que todo es hipócrita o se pudre bajo tierra, en un cajón
sordomudo, idiota, sobreseído...
Todo invita a irse, pues. Todo
invita a no empeorarlo más.
(¿y Merche qué era (además de mi
ocasional y malograda amante)? ¿qué? ¿belleza, verdad, amor, naturaleza,
literatura? ¿en cualquier caso algo más que un capricho empirista, que una
posibilidad sensual lamiendo corazones vacíos, estropeados? ¿pero era algo? ¿algo
más que una musa polimorfa balanceándose en los trapecios caleidoscópicos del
deseo?...)
Así que, yo que sé, pausado, sin
brusquedad, mientras me recompongo en el sofá, mientras me revuelvo hacia mi
compostura más caballerosa, y los ojos vuelven a sus cuencas, y las cejas oblicuas
no expresan ninguna violencia, y la boca está en su sitio, rojiblanca, centrada
en la seriedad silenciosa y triste de la cara, con voz firme, soltando el aire
justo, empiezo a excusarme, a justificarme, tratando de no parecer demasiado
falso ante el pintor; le empiezo a decir, articulando palabras que no sé exactamente
qué significan, pero que vienen a significar una retirada digna y adulta ante
él… le digo que no me siento muy bien … Él me escucha, sin interrumpirme, como
si lo mío fuese una verdad palmaria, entretenida, irrefutable (“estoy abierto a
todas tus palabras, incluso a lo que haya detrás de ellas”)... Que no, que no
me siento muy bien, le digo, insisto, la voz opaca, el gesto grave (la mirada
flotando solemne en el ambiente, tratando de no herir nada de lo que acaece en
este microcosmos abusado) que ni por asomo me siento bien, abundo, subrayo, que
hoy ha sido un día malo y saber la muerte de Merche la guinda de un pastel
envenenado que me siento incapaz de tragar (hastiado, harto de todo ya…) pese a
que nada me sorprenda y esté vacío como un cráneo, lo cual parece ser la moda
triunfal de estos tiempos repugnantes (más que hedonistas estúpidos, diría yo) que
corren ¿no? estos tiempos que nos han impuesto, a los que nos han condenado desde
siempre ¿no? –hago hincapié- pero que la procesión ha de ir por dentro ¡seamos
o no nada más que hijos de puta! –enfatizo- porque como le he dicho muchas
veces, y no puedo contradecirme ahora, los hombres no lloran ¿verdad? no: los
hombres no lloran, los hombres cogen sus armas y van a la guerra… Además de que
presumiblemente es probable que él quiera estar solo –después de haberme
comunicado lo fatal- igual que yo quiero estar solo, sin duda (“reconstruirme
después de cada nueva destrucción, volver a creer en mí tras cada nueva
blasfemia reventada”) ¿no? No, no especialmente, responde. Pues yo sí, (yo sí
que quiero estar solo), por lo que mejor dejémoslo todo para otro día –espeto
tras un trago breve de gasolina- para otro día… si es que el tiempo se digna a
pasar por encima de nuestras vidas (como panóptico volante o espíritu santo o
avión terrorista) y vuelve a colocar el
mundo en el sitio que le corresponde, esto es: la gran cloaca de la indiferencia
¿¿??
Lo miro entonces, siguiendo la
pista de mi última sílaba humeante. Lo miro. Una chispa de luz en sus ojos
licuados. Vale, bien, me ha entendido. Acepta. Asiente. No tratará de retenerme
contra mi voluntad. Se hace cargo de mi postura, aunque no la comparta (yo no
puedo ser tú, me dijo, le dije, nos dijimos, tantas veces). Sigo mirándolo en
los efluvios de su anestesia y pienso que en el fondo todo le da igual. Todo
(“mejor que muerto”)… todo le da igual. Por un momento titubea con el vaso
entre las manos, como quien sopesa entre varias la palabra más exacta para describir
algo (Mierda, Fuck). Finalmente asiente y responde:
-
Como quieras, pues. Tú mismo. Nos vemos.
Sin darle tiempo a más acabo de un
trago impetuoso mi copa y encaro mi salida. Salgo. Me voy.
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