lunes, 19 de octubre de 2015

El Pintor





Igual que el silencio se espesa, frío y cruel, sobre nuestras cabezas perdidas, desamparadas, girando en arabescos introvertidos que acaso rememoren alguna suerte de amor con la muerta, ya imposible. El pintor está de pie, desgarbado, abstracto, imperturbable, posando frente a su cuadro horrendo (“el infierno”). Yo estoy sentado –hay confianza- en el sillón orejero, mirándolo. Qué hacer, qué decir. Nada. Para aliviar algo la tensión sombría incomodante que nos atenaza saco un cigarrillo y me lo enciendo. A modo de excusa, de disculpa, de algo, ¿de qué? qué sé yo: fumo, resumiendo en el humo del cigarro toda la locura de la naturaleza (toda la entropía de la materia) en silencio, sin nada trascendente o moral que decir (“la espichó”) sólo degustando el sabor del vacío, deleitándome en la contemplación de las formas sinuosas y azules del humo que asciende hasta el techo disolviéndose, o que, expulsado en lentas bocanadas, lucha con odio subrepticio contra la luz eléctrica escasa que ahora nos recubre. Entre tanto el pintor sigue ahí, sin inmutarse, de pie frente a su cuadro (no se ha movido un ápice) paralizado en el discurrir de sus propios procesos mentales incomunicables, fingiéndose acaso derrotado ante lo irrevocable, sabiéndose quizá personaje falaz en el teatro de los pesares y las lástimas...
-          Porque suicidio no fue ¿no? –aventuro yo, finalmente, aplastando el cigarrillo
consumido contra el cenicero repleto, resquebrajando así, grosero, lo insondable de nuestro silencio necrofílico.
-          No.  
Y el silencio sigue espesándose entre ambos, coherente en su ineptitud, como niebla escabrosa y profunda borrando cualquier duda o controversia, cualquier indicio de alegría (macabra) o tormento. Todo.
-          Y lo peor es que, como diría Sid Vicious (haha, imposible risa autoparódica) las
palabras sólo valen para expresar las palabras, no lo que se siente – acaba por dictaminar el pintor, seco (quien acaso tantas veces soñó con matarla, con destruirla), en este momento hiperrealista que se derrumba desde todas las perspectivas.
-          Bebamos algo ¿quieres? –articulo yo como toda respuesta.
-          Sí, sí, perdona, lo olvidaba. Yo también lo necesito.
Es así que el pintor trae dos copas translúcidas y una botella de vino (otras veces fue whisky, o ron) siguiendo la costumbre atávica que rige nuestra breve relación enfermiza. Descorcha la botella y sirve las copas, tras lo que, absurdo y voluminoso, se sienta en el sofá, como un rascacielos que se desploma, como un bulto incongruente que cae.
-          Y qué pena, y me imagino que tú también lo sientes, aunque no manifiestes
nada, tan inexpresivo como puedas –acaba diciendo, de nuevo charlatán e imbécil, como siempre lo fue (en realidad) tras beber rápidamente un largo trago – qué pena, sí, pero morir es una de tantas posibilidades cuando te gusta tanto violentarte la nariz, y Merche, siendo todo lo que era, también era una burra incontrolable, desmedida, a solas o contra todos.
-          Ya –respondo, sin ganas de hablar, mintiendo con el monosílabo tantas verdades
desnortadas y criminales que él ignora, tantas obviedades y enigmas desnortados que me atañen, muy a mi pesar.
-          En cuanto al cuadro, se llama El Infierno –dice el pintor (sin entender nada)
resolutivo, cambiando de tema, señalándolo, mostrándomelo sesgadamente con su mano derecha, como en una definición gestual de algo imposible, metafísico- El infierno –insiste- Llevo tres días pintándolo. Desde que supe del fallecimiento.
Se detiene un breve instante a ver si yo miro El Infierno. Lo miro, indiferente. Ataca un nuevo buche de tinto. Prosigue.
-          Un homenaje a ella, a lo que me dio, a lo que le robé. También una catarsis
respecto a mi conciencia de la pérdida. El Infierno… No te gusta ¿no?
-          No.
-          Puede ser… Claro, aún no está acabado, ni siquiera definido… Además
que todo ahora es simple y llanamente Anestesia, llamémosla así ¿no? Anestesia –susurra algo ininteligible, sotto voce- Y qué importan los colores y las formas y el Arte, salvo como sublimación del Tiempo… Anestesia. Porque me siento incapaz de abordar el núcleo duro del dolor que daría paso a un llanto interminable, infinito, caso de que yo fuera capaz de algo así ¿no? caso de que yo fuera capaz de nada… capaz, capaz, capaz…
Entonces puede ser que una polilla se empiece a freír contra alguna luz discreta en un rincón, o que una mosca redoble sus esfuerzos por salir a fuera, chocando una y otra vez contra el vidrio de una ventana cerrada. O que yo piense en Merche (en ella) de una manera tan poderosamente mía que nadie osará jamás contradecirme. De cualquier modo algo sucede y se enreda en el silencio. Figuras del pensamiento, de la lógica, de la imaginación, de la vida…
-          Por cierto que pensé en decírtelo en cuanto lo supe, llamarte al hotel –interrumpe
de pronto mis pensamientos el autor de “el infierno”, casi sobresaltándome con su voz estentórea, imprevisible- Lo pensé. Luego decidí guardármelo para mí solo. Monopolizar el dolor. O su concepto. Al fin y al cabo Merche no te pertenecía… Al fin y al cabo Merche era mi novia, no la tuya ¿no? En fin, no sé si te hubiese gustado asistir al entierro, presenciar la horrible ceremonia final...
-          No, no especialmente.
-          Bueno, como sea. Ahora ya es igual.
Es tarde. Siempre es tarde en mi vida, pienso. Nada llegó a su debido tiempo. Sólo la vejez, casi prematura, destrozando toda alegría y facilidad y compasión en mí, toda naturaleza, todo futuro. En cuanto a Merche, que estaba por venir del todo, ¡por irrumpir! no llegará jamás. Razones de fuerza mayor. Es lo que hay. 
El pintor se alza de pronto y pone la radio. Suena música pop independiente, a un volumen discreto, en ráfagas monótonas de tanto en tanto interrumpidas por interferencias sutiles, caprichosas. El crepitar de las ondas… Joder, qué asco, vaya bombardeo sonoro de tonterías y porquerías armónicas y líricas, pienso... qué asco… Sin embargo no le diré que cambie la sintonía, que busque algo mejor (¿Handel, Beethoven, Schubert, Brahms? ¿Schoenberg, Berg? ¿Flamenco, Hardcore, Death Metal?) algo que se adapte mejor a mi estado de ánimo artificial, a mis criterios estético-musicales, a la funesta coyuntura en la que nos hallamos, algo mejor ¿no? Pero no. Me da absolutamente igual ahora. Todo es la muerte. Todo. Silencio, música, palabras, todo erige en el aire el mismo sordo dolor, la misma penosa tribulación sin consuelo, sin escapatoria. (“Y el pordiosero aulló desde las tinieblas, dentro de una bolsa de basura, tras el primer golpe que le reventó la cabeza, expresando en el aullido la posible existencia de una revolución misteriosa en la que sumergirse…”)
Oh, Dios, estoy destrozado, agotado en lo trabajoso y falso de mi impostura. Quizá fuese ya momento de acabar con el pintor. Del todo. Primero decirle la verdad. Después matarlo. La verdad, a saber: que nada es lo que parece, que todo ha sido mentira desde el principio, que no soy ningún escritor bohemio sino un asesino múltiple, que no creo en ningún arte más que ¡en el mío propio! ¡originalísimo! que es el de matar a sangre fría a quien me plazca, como venganza desproporcionada afirmante ¡y real! contra el mundo que hizo posible todo mi dolor…desde siempre… y que qué le parece ¿eh? ¿estuvo bien mi disimulo? ¿interpreté bien mi papel de artista, de amigo? ¿eh? ¿di el pego? ¿triunfé? ¿resulté creíble en mi papel? Por otro lado ¿no sospechaba él que todo podía ser falso? ¿no se olió nada extraño?  Después matarlo.
El pintor llena de nuevo los vasos, con su habitual histrionismo, con su involuntaria decadencia, ajeno a todo lo que acaece y se elabora en mi cabeza a velocidades inefables. (“Matarlo ya o no matarlo ya”, ésta es la cuestión.) Ahí está. No sonríe, pero tampoco me atrevería a decir que se sienta triste. Mi impresión más bien es que está orgulloso de “El Infierno”, al que no deja de echar miradas vanidosas, autocomplacientes, casi juguetonas, libidinosas…
(“las proezas de mi megalomanía equilibrista, inflando mi ego artístico-artificial por encima de todas las tragedias, contemplando desde las alturas el atropellado fluir de las hormigas que se desplazan, inútiles, vacuas, de aquí para allá, todos esos pelotones de sufridores esclavizados, de números incomprensibles que se retuercen y agonizan frente a la muerte (o son felices), mientras yo paseo como un funambulista heroico por la cuerda-alambre de violín hiperestésico que une dos catedrales absurdas… sintiendo un vértigo glorioso al que sólo supera mi vanidad… mi miedo… en las grandes alturas del arte irreal… jugándome la vida y odiándome y maltratándome precisamente por el hecho de estar tan enamorado de mí mismo…mientras mi amada muere…”)
-          Oh, pero estoy endiabladamente  anestesiado, por supuesto –reacciona de nuevo
el pintor ante el silencio humano, contradiciendo el aire, tratando de forzar una imposible sonrisa en su rostro, que no llega, quedándose en nada más que un mohín amargo – Endiabladamente. Desde que me llamó su madre y lo supe que estoy anestesiado, no importa la manera, siempre y cuando sea rotunda, brutal. Más que nunca. Así que sólo podía pintar, a fin de cuentas. Pintar: resucitar la gran maquinaria del alejamiento. Pese a que sé que hay dolor, y que todo es dolor, y que el mundo gira obcecado en torno a un eje podrido de dolor, pero, no sé, qué quieres, soy incapaz de sentirlo, de atraparlo, de saborearlo, de hacerlo mío… el dolor… ¡el dolor!...
Por lo cual un nuevo vaso de vino, lleno hasta los bordes, acaba por ser lo pertinente y significativo para este ser al que he observado y estudiado, durante algún tiempo denso, vívido; ser al que, de alguna manera mimética o metonímica, me he acabado pareciendo, como un padre o un hijo o un espíritu santo, en el gran circo-teatro de los arquetipos extremos, rozando siempre el sinsentido o la locura, la nada o el infierno…
(¡El Infierno!)
Es así que el pintor engulle, como si fuera agua, de un solo buche, media copa de vino (licor-nana-de-madre, licor-coño-de-Merche) con los ojos cerrados, como quien da un beso, frente a mi mirada taxonómica-forense. ¿Y si lo reventase ahora mismo a patadas desde la posible furia consecuente que hay en mí?, pienso. ¿Y si lo matase ya? Pero no (antes aún de haberse dibujado en trazo propio la idea macabra se desdibuja en mi cabeza), no, no lo mataré hoy. Hay, habrá tiempo suficiente para digerir y asimilar lo que pasa, y actuar en consecuencia, caso de que seamos capaces de pensar, de asimilar, de ver, de oír, de actuar en consecuencia... No, hoy no. No puede ser. Hoy no lo mataré. Aunque tampoco puedo permanecer aquí mucho rato sin crisparme, me conozco, me sé incapaz de soportar ya esta tensión creciente, esta farsa sin sentido en que todo es hipócrita o se pudre bajo tierra, en un cajón sordomudo, idiota, sobreseído...
Todo invita a irse, pues. Todo invita a no empeorarlo más.
(¿y Merche qué era (además de mi ocasional y malograda amante)? ¿qué? ¿belleza, verdad, amor, naturaleza, literatura? ¿en cualquier caso algo más que un capricho empirista, que una posibilidad sensual lamiendo corazones vacíos, estropeados? ¿pero era algo? ¿algo más que una musa polimorfa balanceándose en los trapecios caleidoscópicos del deseo?...)
Así que, yo que sé, pausado, sin brusquedad, mientras me recompongo en el sofá, mientras me revuelvo hacia mi compostura más caballerosa, y los ojos vuelven a sus cuencas, y las cejas oblicuas no expresan ninguna violencia, y la boca está en su sitio, rojiblanca, centrada en la seriedad silenciosa y triste de la cara, con voz firme, soltando el aire justo, empiezo a excusarme, a justificarme, tratando de no parecer demasiado falso ante el pintor; le empiezo a decir, articulando palabras que no sé exactamente qué significan, pero que vienen a significar una retirada digna y adulta ante él… le digo que no me siento muy bien … Él me escucha, sin interrumpirme, como si lo mío fuese una verdad palmaria, entretenida, irrefutable (“estoy abierto a todas tus palabras, incluso a lo que haya detrás de ellas”)... Que no, que no me siento muy bien, le digo, insisto, la voz opaca, el gesto grave (la mirada flotando solemne en el ambiente, tratando de no herir nada de lo que acaece en este microcosmos abusado) que ni por asomo me siento bien, abundo, subrayo, que hoy ha sido un día malo y saber la muerte de Merche la guinda de un pastel envenenado que me siento incapaz de tragar (hastiado, harto de todo ya…) pese a que nada me sorprenda y esté vacío como un cráneo, lo cual parece ser la moda triunfal de estos tiempos repugnantes (más que hedonistas estúpidos, diría yo) que corren ¿no? estos tiempos que nos han impuesto, a los que nos han condenado desde siempre ¿no? –hago hincapié- pero que la procesión ha de ir por dentro ¡seamos o no nada más que hijos de puta! –enfatizo- porque como le he dicho muchas veces, y no puedo contradecirme ahora, los hombres no lloran ¿verdad? no: los hombres no lloran, los hombres cogen sus armas y van a la guerra… Además de que presumiblemente es probable que él quiera estar solo –después de haberme comunicado lo fatal- igual que yo quiero estar solo, sin duda (“reconstruirme después de cada nueva destrucción, volver a creer en mí tras cada nueva blasfemia reventada”) ¿no? No, no especialmente, responde. Pues yo sí, (yo sí que quiero estar solo), por lo que mejor dejémoslo todo para otro día –espeto tras un trago breve de gasolina- para otro día… si es que el tiempo se digna a pasar por encima de nuestras vidas (como panóptico volante o espíritu santo o avión terrorista)  y vuelve a colocar el mundo en el sitio que le corresponde, esto es: la gran cloaca de la indiferencia  ¿¿??
Lo miro entonces, siguiendo la pista de mi última sílaba humeante. Lo miro. Una chispa de luz en sus ojos licuados. Vale, bien, me ha entendido. Acepta. Asiente. No tratará de retenerme contra mi voluntad. Se hace cargo de mi postura, aunque no la comparta (yo no puedo ser tú, me dijo, le dije, nos dijimos, tantas veces). Sigo mirándolo en los efluvios de su anestesia y pienso que en el fondo todo le da igual. Todo (“mejor que muerto”)… todo le da igual. Por un momento titubea con el vaso entre las manos, como quien sopesa entre varias la palabra más exacta para describir algo (Mierda, Fuck). Finalmente asiente y responde:
-          Como quieras, pues. Tú mismo. Nos vemos.
Sin darle tiempo a más acabo de un trago impetuoso mi copa y encaro mi salida. Salgo. Me voy.


                                                                         



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